
La Agencia Espacial Europea advierte de que prevenir nuevos residuos ya no basta para mantener las órbitas utilizables a largo plazo. Su informe sobre el entorno espacial de 2026 señala que la retirada activa de objetos debe formar parte de la respuesta al crecimiento de la basura espacial.
El documento, publicado en septiembre y elaborado con datos hasta finales de 2025, recoge más de 300 lanzamientos y más de 4.000 nuevas cargas útiles puestas en órbita durante ese año. A la expansión de las constelaciones se suma la acumulación de satélites fuera de servicio y fragmentos.
Las colisiones pueden generar nuevas colisiones
El problema no depende únicamente de cuántos satélites se lanzan. Los choques producen fragmentos capaces de alcanzar otros objetos y multiplicar los residuos. Este proceso, conocido como síndrome de Kessler, explica por qué la población de desechos puede seguir aumentando incluso sin nuevos lanzamientos.
La ESA también observa avances en la retirada al final de las misiones, pero considera insuficiente el ritmo actual. La coordinación del tráfico, el seguimiento de objetos y la eliminación de equipos inactivos deben complementarse para reducir el riesgo acumulado.

Diseñar también el final de cada misión
El programa Zero Debris plantea limitar significativamente la generación de residuos para 2030 en las futuras actividades de la agencia. Su enfoque incluye preparar la retirada desde el diseño del satélite y comprobar durante la misión que siguen funcionando los sistemas necesarios para llevarla a cabo.
Entre las medidas figuran reservar capacidad de maniobra, evitar fragmentaciones internas y facilitar que un vehículo externo pueda retirar el aparato si este no logra hacerlo por sus propios medios. También se promueve reducir el tiempo que los objetos permanecen en órbita baja una vez terminada su actividad.
ClearSpace-1: capturar un satélite que no fue preparado para ello
Una de las demostraciones previstas es ClearSpace-1. La página actual de la misión sitúa su lanzamiento en 2029 y establece como objetivo PROBA-1, un satélite de la ESA de 95 kilogramos que fue lanzado en 2001.
El vehículo deberá aproximarse, capturarlo mediante cuatro brazos robóticos y conducirlo hacia una reentrada atmosférica segura. La dificultad es operar alrededor de un objeto que no coopera y que no fue diseñado para esa captura. Se trata de una misión en desarrollo, no de un servicio que ya esté retirando residuos.
La demostración pretende validar tecnologías para futuras operaciones comerciales de limpieza orbital. Su alcance inicial es un único objetivo: una prueba técnica que deberá ayudar a conocer qué recursos, procedimientos y capacidades exige recuperar objetos en el espacio de forma controlada.
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