Educación & Ciencia

¿Cómo debe ser un maestro de ciencias en tiempos de ChatGPT?

Existen algunas cuestiones recurrentes en la didáctica de las ciencias que se mueven entre el mundo disciplinar, el escolar y el cotidiano. ¿Para qué enseñamos ciencia? ¿Qué ciencia debemos enseñar? ¿Qué implicaciones debe tener en la sociedad? ¿Qué valores debe fomentar?

A estas cuestiones intemporales se ha añadido recientemente la que plantea la irrupción de la inteligencia artificial. ¿Cómo afrontar la existencia de esta tecnología y cómo garantizar un uso responsable en la enseñanza de las ciencias experimentales y sociales? 

Debate sobre la formación de maestros

No existe una única forma de enseñar y aprender ciencias, pero la irrupción de tecnologías como ChatGPT abre un importante y necesario debate sobre la formación de maestros y sobre cómo enseñar ciencias sin dar la espalda al desarrollo tecnológico. 

Cuando el docente (o el equipo docente) toma la decisión de introducir alguna tecnología en el proceso de enseñanza y aprendizaje de las ciencias, debe tener conocimientos específicos más allá de los técnicos en cuanto al manejo de la herramienta, incluyendo el conocimiento científico–disciplinar y el conocimiento sobre didáctica (general y específica).

Por otro lado, podemos atender a una cuarta variable transversal: la ética. Ética en la selección y planteamiento de los contenidos, ética pedagógica sobre la que se sustenta el proceso de enseñanza y aprendizaje, y ética en relación con el uso responsable de la tecnología. 

Diferentes niveles de aceptación

A la hora de afrontar la introducción de la IA en la formación inicial (y continua) de maestros podemos plantear la siguiente progresión hacia un uso más eficiente y responsable de esta tecnología:

  1. Prohibición del uso de la IA: es la vía más fácil a corto plazo. La IA no es una tecnología pasajera y el rechazo no va a impedir que los maestros en formación o los estudiantes la usen, por lo que el docente, tarde o temprano, deberá hacer frente a esta realidad. Los avances tecnológicos suelen venir acompañados de una mayor brecha digital o de resistencia al cambio, de manera que la reacción social no resulta excepcional. Sin embargo, cabe matizar que, como refleja la Ley de Inteligencia Artificial, la IA no es una tecnología exenta de riesgos.
  2. Uso anecdótico y muy controlado de la IA: supone un primer paso para aquellos profesionales de la educación que son conscientes de la importancia de la IA, pero que aún tienen cierta inseguridad sobre cómo introducirla didácticamente en la enseñanza–aprendizaje de las ciencias. Buscar datos muy concretos, causalidad, etc., son posibles tareas a realizar con la herramienta en esta fase. No obstante, aunque la IA permite agilizar algunas tareas, desde el momento en el que se opta por introducirla en una situación de aprendizaje es fundamental instar al alumnado a que no confíe ciegamente en ella, a que contraste el resultado y lo analice críticamente. 
  3. Educar para un uso responsable y crítico de la IA, que incorpore la IA como un recurso didáctico más. La tercera vía es la que requiere un mayor esfuerzo por parte del docente porque implica un cambio metodológico y en el tipo de actividades que se plantea a los estudiantes; sin embargo, también es la que permite aprovechar de forma eficiente las posibilidades de esta tecnología.

En otras palabras y a modo de ejemplo, pedir un resumen de un texto, sin más, sería una actividad poco recomendable puesto que la puede hacer la IA en segundos. Esta es una realidad que los docentes, independientemente de la etapa educativa, no se pueden permitir ignorar.

Puedes leer el articulo completo en The Conversation.


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