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El dispositivo que quiere sustituir al móvil tiene un problema: nadie quiere vivir rodeado de cámaras y micrófonos con IA

Créditos TecnoAp21

La industria tecnológica lleva años buscando cuál será la siguiente gran plataforma informática después del smartphone. Gafas inteligentes, pines, colgantes y grabadoras personales dotadas de inteligencia artificial aspiran a ocupar ese espacio, pero todos comparten una dificultad que no se resuelve simplemente aumentando la potencia de los modelos: la privacidad de las personas que rodean al usuario.

Los dispositivos de IA más ambiciosos pretenden comprender continuamente el contexto. Para hacerlo necesitan ver, escuchar o registrar una parte del mundo que rodea a quien los utiliza. Precisamente esa capacidad, que puede convertirlos en asistentes mucho más útiles que los actuales, introduce una pregunta difícil: qué ocurre con quienes aparecen delante de una cámara o hablan cerca de un micrófono sin haber elegido utilizar el dispositivo.

El problema no es solamente quien lleva las gafas

Un teléfono móvil dispone desde hace años de cámaras, micrófonos, localización y conexión permanente a Internet. Sin embargo, cuando una persona levanta el teléfono para fotografiar o grabar, normalmente existe una señal física relativamente evidente de que está realizando esa acción.

Las gafas inteligentes modifican esa relación. Una cámara situada a la altura de los ojos puede captar exactamente aquello que está observando su propietario sin necesidad de sacar ningún dispositivo del bolsillo. Los micrófonos integrados pueden hacer algo similar con las conversaciones.

Las Ray-Ban Meta representan uno de los ejemplos más visibles de esta nueva generación. Su combinación de cámara, micrófonos y funciones de inteligencia artificial permite interactuar con el entorno de una manera mucho más natural que utilizando una pantalla. Al mismo tiempo, su apariencia próxima a unas gafas convencionales reduce las señales que permiten a otras personas comprender inmediatamente qué sensores están presentes.

¿Cómo se obtiene el consentimiento de quienes están alrededor?

La cuestión se vuelve especialmente compleja cuando estos dispositivos dejan de utilizarse para realizar una fotografía puntual y comienzan a funcionar como asistentes contextuales.

Para recordar una conversación, reconocer un objeto, resumir una reunión o responder a una pregunta sobre aquello que está viendo el usuario, el sistema necesita recibir información del entorno. Cuanto más permanente sea esa captación, más difícil resulta trasladar al mundo físico las reglas de consentimiento que se utilizan en otros servicios digitales.

Reuters ha recogido cómo algunos establecimientos británicos, incluidos locales de Wetherspoon, han restringido el uso de determinadas gafas inteligentes. El problema deja así de ser únicamente una cuestión técnica para convertirse también en una cuestión de aceptación social y de normas dentro de espacios privados.

La industria busca dispositivos menos invasivos

La respuesta de los fabricantes no consiste necesariamente en abandonar los nuevos formatos. Parte de la industria está experimentando con diseños que reducen la cantidad de información que necesitan captar o hacen más evidente cuándo comienza una grabación.

Existen propuestas de gafas inteligentes sin cámara, dispositivos que dependen principalmente del audio y sistemas en los que determinadas funciones requieren una acción explícita del usuario. Empresas consolidadas y startups están explorando diferentes combinaciones porque todavía no existe consenso sobre cuál será la forma física del asistente personal de IA.

Las gafas ofrecen la ventaja de encontrarse constantemente dentro del campo de visión. Un pin puede incorporar cámaras y micrófonos sin ocupar las manos. Un colgante puede escuchar conversaciones. Una pequeña grabadora puede conservar reuniones durante horas. Cada formato resuelve determinados problemas y crea otros nuevos.

Procesar la IA localmente puede reducir una parte del riesgo

El procesamiento local puede convertirse en una de las piezas de esta evolución. Si determinadas imágenes, sonidos o conversaciones pueden analizarse directamente en el dispositivo, parte de la información no necesitaría viajar constantemente hacia servidores externos para ser interpretada.

Esto puede reducir la exposición asociada al almacenamiento y transmisión de datos, además de mejorar la latencia y permitir algunas funciones sin conexión permanente a Internet.

Sin embargo, la IA local no elimina el problema fundamental. Una cámara continúa pudiendo captar a una persona que no ha dado su consentimiento aunque el vídeo nunca abandone físicamente el dispositivo. La cuestión no consiste únicamente en dónde se procesan los datos, sino también en qué información se recoge, durante cuánto tiempo y con qué conocimiento de quienes aparecen en ella.

El precedente de las Google Glass sigue presente

La industria ya dispone de un precedente significativo. Las primeras Google Glass demostraron hace más de una década que fabricar unas gafas capaces de grabar el entorno no garantiza su aceptación social.

Desde entonces han cambiado prácticamente todos los componentes tecnológicos necesarios: los sensores son mejores, los procesadores consumen menos energía, las cámaras ocupan menos espacio y los modelos de inteligencia artificial pueden interpretar aquello que captan.

Pero la pregunta social continúa siendo parecida. Las personas necesitan comprender cuándo están siendo grabadas y qué puede hacer posteriormente el dispositivo con esa información.

El premio es disputar el mercado del smartphone

El interés de las grandes compañías se explica por la dimensión económica de la oportunidad. El mercado mundial del smartphone mueve cientos de miles de millones de dólares y constituye la principal puerta de entrada a los servicios digitales para miles de millones de personas.

Encontrar un dispositivo capaz de complementar primero y eventualmente sustituir parte de las funciones del teléfono supondría controlar una nueva plataforma informática: hardware, sistema operativo, aplicaciones, servicios y, cada vez más, el asistente de inteligencia artificial que intermedia entre el usuario y la tecnología.

Meta, Samsung, OpenAI y numerosas startups están explorando diferentes caminos hacia ese objetivo. Sin embargo, el ganador no tendrá necesariamente que ser quien incorpore el modelo más potente o la cámara más avanzada. También deberá encontrar una forma de integrar esos sensores en la vida cotidiana sin provocar un rechazo generalizado.

La aceptación social puede ser el verdadero cuello de botella

El smartphone consiguió reunir en un único dispositivo una cámara, varios micrófonos, sensores de movimiento, geolocalización y un ordenador permanentemente conectado. La diferencia es que buena parte de esas capacidades permanece guardada en un bolsillo hasta que el usuario decide utilizarlas.

La próxima generación de dispositivos pretende eliminar precisamente esa fricción. Unas gafas siempre disponibles o un asistente que escucha el contexto pueden resultar mucho más naturales porque no obligan a sacar una pantalla y escribir una instrucción.

Pero eliminar esa fricción para el propietario puede crear otra para quienes se encuentran a su alrededor. La tecnología necesaria para construir estos dispositivos está avanzando rápidamente; conseguir que las personas acepten convivir con ellos puede convertirse en un desafío bastante más difícil.


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